martes, 14 de junio de 2011

SAN DIEGO DE ALCALÁ

Hoy nos ocupamos de uno de nuestros Santos, San Diego de Alcalá, cuyo cuerpo incorrupto se venera en una de las capillas laterales de la Catedral Magistral. Su fiesta se celebra cada 13 de noviembre cuando la urna que contiene sus restos es expuesta en el presbiterio del templo catedralicio y miles de personas desfilan ante las reliquias. Todo un símbolo de caridad, es patrón de los religiosos franciscanos no sacerdotes y se caracterizo sobre todo por su devoción a la Virgen y a Cristo en la Eucaristía, de esto último el sentido de su participación en la procesión del Corpus Chisti en nuestra ciudad.

Nació en San Nicolás del Puerto (Sevilla), el año 1400, en el seno de una familia humilde. Sabemos que Diego, desde muy joven, llevó vida eremítica y penitencial junto a la iglesia de su pueblo natal, combinando la oración con la labranza de un huerto y la confección de pequeños utensilios de uso doméstico. De ese modo se ganaba la vida y podía ayudar a los pobres. Bajo la dirección de un viejo ermitaño, hizo progresos en la vida ascética, adquiriendo fama de santidad en toda la comarca.

Tenía 30 años cuando, habiendo oído hablar de la pobreza y austeridad en que vivían los franciscanos de la observancia, ingresó en el convento de la Arrizafa, en la sierra de Córdoba. Siendo analfabeto, profesó como hermano lego y desempeñó oficios humildes, como el de portero y hortelano, en varios lugares de la custodia de Sierra Morena.

En 1441 fue destinado a Canarias, y cinco años después aceptó el cargo de guardián del convento de Fuerteventura. Allí se dedicó a evangelizar a los nativos, defendiéndolos de la rapacidad de los conquistadores españoles. Esto le supuso no pocos inconvenientes, de modo que se vio obligado a regresar a la Península en 1449.

En 1450 viajó a Roma con fray Alfonso de Castro, paga ganar el jubileo y asistir a la canonización de san Bernardino de Siena. Debido a la falta de condiciones higiénicas y a la escasez de recursos, una mortífera epidemia de peste azotó la ciudad ese año, y postró en cama a la mayoría de los frailes del convento de Araceli, donde ambos se hospedaban. Heroico fue el comportamiento de Diego, que se desvivió en cuidados con ellos y con los pobres y enfermos de la ciudad, procurándoles alimentos y aliviando el sufrimiento de muchos al contacto de sus manos untadas de aceite de la lámpara de la Virgen.

De vuelta en España vivió en las casas observantes de Sevilla y la Salceda, antes de llegar a su destino final, el convento de Santa María de Jesús, de Alcalá de Henares. Dicho convento lo acaba de fundar don Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, quien quiso poblarlo de religiosos que destacaran en santidad y sabiduría, con la finalidad de corregir los errores y costumbres no cristianas introducidas entre los fieles por el trato con los judíos. Fray Diego ejerció primero el oficio de hortelano, en un recinto conocido luego como "huerto de san Diego", hasta que, en razón de su edad, y por parecerles más útil para la edificación del pueblo, los superiores lo colocaron de portero en el convento. Fue aquí donde mejor se manifestaron sus dotes de paciencia, afabilidad, prudencia y caridad, que practicó con todos los bienhechores y necesitados que acudían a la portería. Se cuenta que el guardián de la casa, después de recibir quejas de un religioso acerca de la generosidad de Diego, lo sorprendió con un gran bulto en la falda del hábito, y al interesarse por su contenido, en vez de panes sólo pudo ver flores. Esta escena es la que más se repite en su iconografía. Su espíritu de oración y la sabiduría que el Espíritu infundió en él atraía a los cultos y letrados de la universidad complutense.

Fray Diego murió en Alcalá el 12 de noviembre de 1463, abrazando un crucifijo y recitando: "Dulce leño, dulces clavos..." Tenía 63 años. La gran fama de su santidad, y los muchos milagros atribuidos a él antes y después de su muerte, hicieron que la apertura del proceso de canonización no se hiciera esperar. El mayor impulso lo dio el rey Felipe II, en agradecimiento por la curación de su hijo Don Carlos. La protección de San Diego sobre la salud de los reyes españoles se mantuvo hasta época reciente. Fue canonizado por el papa franciscano conventual Sixto V, el 2 de julio de 1588.

Fue un santo muy popular. Santa Teresa lo recuerda como ejemplo de servicio. Muchos conventos, iglesias y capillas, e incluso la ciudad de San Diego en California, están dedicadas a su nombre. Los más grandes artistas se ocuparon de él. Lope de Vega le dedicó el soneto: "La verde yedra al tronco asida", y el drama "San Diego de Alcalá", para ser representado en Alcalá en las celebraciones del 12 de noviembre de 1613. Zurbarán, Ribera, Murillo, Gregorio Fernández, Alonso Cano y Pedro de Mena son los que nos han dejado sus mejores retratos.

En la iconografía suele estar representado con sayal buriel entallado en el cordel franciscano, y un manojo de llaves en la cintura. También elevado del suelo delante de un Crucifijo, en presencia del ministro general de la orden, o en el milagro del pan convertido en flores.